La Especie

© Gabriel Gambetta 1995

La persona que estaba agazapada tras la roca esperó, conteniendo el aliento. Observó el horizonte; no había ningún gigante a la vista. Si sus sentidos no lo engañaban, en el camino que unía su posición con la cueva no se interponía ninguna zona de veneno. Malditos gigantes, pensó. La Especie no les hacía ningún daño, y los enormes seres cubrían grandes extensiones de terreno con veneno letal. Esto le fastidiaba más aún, ya que según sus investigaciones sobre las antiguas tradiciones y leyendas, los gigantes eran intrusos en la Tierra.

Se lanzó a correr. Atravesó la zona que lo separaba de su objetivo, y llegó finalmente a la cueva. La cueva estaba excavada directamente en la tierra; según las antiguas tradiciones, las casas estaban hechas de materiales más sólidos, parecidos a los que usaban los Gigantes en sus casas actuales, pero muy superiores.

Él era historiador, al igual que la persona a la que venía a visitar. Sabía diferenciar lo que era una leyenda sin sentido de una que tenía un fondo de verdad; pero la teoría que se le había ocurrido era algo tan fuera de los límites de lo que cualquier persona – historiador o no – podría considerar lógico, que tenía que consultar con un historiador mayor que él, tanto en edad como en experiencia : en ambas cosas, él era joven. Por el contrario, la persona a la que venía a visitar era uno de los historiadores–arqueólogos más famosos del mundo.

Uno de los puntos de su teoría – y no era el más descabellado – era el de la deriva de especies. Actualmente había un clarísimo predominio de la raza negra, a la que tanto él como la enorme mayoría de los habitantes del mundo pertenecían. Estaba la raza roja, de menor altura promedio. Según su teoría, todos descendían de una misma raza, la blanca, que debía haber existido hacía cientos, miles, quién sabía cuantos años. La Especie ya iba por el año 5398, y desde que había registros históricos se conocía la separación de razas.

Otra cosa que constaba en los más antiguos registros era la existencia de la otra especie, que eran llamados los Gigantes. Otra de las ideas de su teoría, tal vez una de las más controvertidas, decía que…

La puerta se abrió. Apareció en ella el historiador anciano, con su proverbial sonrisa.

– Usted debe ser Myxat.

– Si – contestó el joven historiador – Es un enorme privilegio el que usted me reciba, señor Torfjod.

– Bueno, joven, basta de protocolo. Pase.

Myxat siguió a Torfjod a lo largo de los pasadizos que constituían su casa – se decía que en el pasado remoto las casas no eran así; otra leyenda – hasta que llegaron al living.

– Siéntese, Myxat, siéntese – dijo Torfjod – ¿Le sirvo algo?

– Algún jugo vegetal, si no es molestia.

– ¿Con azúcar?

La mente de Myxat volvió a su teoría. Un hecho curioso era justamente que la raza roja tenía menos tendencia que los negros a comer azúcar. Y los Gigantes tenían actualmente la mayor parte de las reservas de azúcar del mundo. Otro motivo de enfrentamientos. Y lo peor es que no había comunicación entre las especies; según los expertos en comunicación, los Gigantes tenían un método de comunicación arcaico, basado en algún principio que la mayoría de los no–expertos de la Especie no entendía.

– ¿Con azúcar? – repitió Torfjod, paciente.

– Eh… si, por favor – contestó Myxat, volviendo a la realidad.

Mientras Torfjod preparaba el jugo, Myxat vio en la biblioteca del historiador el libro que lo había llevado a la fama, y tal vez había contribuído a que lograra su puesto en el Gobierno Central como Primer Historiador. Se levantó, caminó hacia la biblioteca y tomó el libro. Al ver el título, Myxat no pudo contener su emoción; tenía en sus manos el ejemplar original del libro de historia quizá mas famoso de todos los tiempos. No pudo evitar pronunciar su título.

H & H – dijo Myxat – Orígenes de la Humanidad y la H

– …la otra especie. Si, conozco ese libro – lo interrumpió irónicamente Torfjod, que traía el jugo vegetal con azúcar.

Myxat se apuró a pedir disculpas por haberlo tomado sin permiso, aunque el anciano historiador, condescendiente, lo comprendió. Volvieron a sentarse.

– Bien, joven, tengo entendido que usted quería discutir cierta teoría suya conmigo, que planeaba utilizar en su tesis de doctorado. – Myxat asintió. – Expóngala.

El momento había llegado. Tantos años de darle vueltas a su teoría, que tal vez le valiera la fama, o tal vez el manicomio; y casi todo dependía de la charla con el historiador.

Al grano, se dijo.

– Nuestra especie convive desde tiempos inmemoriales con los gigantes. Como se sabe, estos seres miden aproximadamente trescientas cincuenta veces más que nosotros; su tecnología es primitiva; sus medios de comunicación son primitivos; sus valores son primitivos; – pensó en las guerras que habían soportado hacía poco tiempo, mientras que ellos, la Especie, como solían llamarse, habían tenido una guerra por última vez hacía varios siglos. Se dio cuenta que no podía hacer más tiempo, el momento era ése. – Sostengo… Sostengo que las dos especies no pueden haber coexistido en la Tierra por mucho tiempo.

Sintió un gran alivio. Se había descargado.

Torfjod no pareció alterarse demasiado, aunque Myxat se preguntó si contenía una carcajada o si estaba interesado. Simplemente, dijo :

– Eso suena interesante. Continúe, continúe.

– Este… – vaciló – creo que la Especie está aquí hace mucho más tiempo que los gigantes. Según las teorías de la evolución de las especies actualmente aceptadas, las dos deberían tener aproximadamente los mismos niveles de desarrollo. Y si las dos especies hubieran coexistido desde siempre, tal vez durante varias decenas de milenios, se tendría que haber establecido comunicación.

– Interesante. – Ahora Myxat advirtió que la eterna sonrisa de Torfjod había desaparecido. – Creo ver que usted sugiere que nuestra especie surgió en la Tierra hace cientos de miles de años, y que los gigantes evolucionaron de formas de vida anteriores, extinguidas hace varios millones de años, por combinaciones casuales de ADN. Lo siento, joven, pero usted no es el primero que plantea la teoría.

Myxat se sonrojó un poco. Era plenamente consciente de que esa teoría era una de las tres que figuraba precisamente en H&H.

– No. Yo voy mas allá. Sugiero que la Especie se originó en la Tierra hace millones de años, de la raza blanca; los gigantes vinieron del espacio exterior hace cientos de miles de años; la Especie se dividió en Negros y Rojos debido a las mutaciones producidas por el veneno que colocaron los gigantes. Lo sé, siento que es la verdad. – recordó aquella noche hacía poco más de seis años, en que por haber tomado un poco de más se detuvo a considerar cosas que jamás hubiera tenido en cuenta, y ahora creía conocer el secreto mejor guardado de la Especie : El origen de los gigantes y de ellos mismos.

Torfjod estaba casi pálido. Myxat se sintió seguro de si mismo. Sin embargo, durante unos segundos hubo silencio, un silencio que ninguno de los dos rompía.

– Bueno – dijo finalmente el anciano – Eso no es del todo así.

– ¿Qué? Es así.

– No. Los gigantes vienen del espacio… y nosotros también.

Ahora Myxat estaba totalmente pálido. Era algo sorprendente oír decir a alguien que la Humanidad y la otra especie eran del espacio. Se dio cuenta que siempre lo había creído así, pero realmente no se había animado a aceptarlo. Finalmente, logró articular una palabra.

– ¿Cómo?

– En realidad es así. ¿Nunca se preguntó qué hay en la Bóveda?

Vaya si se lo había preguntado. Todos alguna vez se lo habían preguntado. La Bóveda. El lugar mejor custodiado del mundo. Para todos menos para la gente más poderosa, la Bóveda era un misterio, el misterio más grande que se pudiera imaginar. A nivel popular se especulaba sobre qué había en ella, pero no se sabía de nadie que hubiera entrado en ella. Ahora estaba frente a una de las personas más poderosas, enterándose de que la pregunta más celosamente mantenida en el secreto absoluto tenía su respuesta en el lugar más misterioso y cuidado del mundo. Y pronto iba a conocer la respuesta a ambas interrogantes.

– Déjeme que le cuente una historia. Hace varios millones de años, el planeta que llamamos Tierra estaba completamente deshabitado. Lejos, muy lejos de este brazo galáctico, existía la Federación Galáctica. Si, como lo oye. Había exactamente doscientas quince mil trescientas veintiuna especies inteligentes, entre ellas la Humanidad y la otra que conocemos. Cada una provenía de un planeta separado. Sin embargo, hubo una guerra de una magnitud inimaginable; se desataron fuerzas tan poderosas que escapan a nuestra imaginación; y en medio de esa guerra, la Especie desarrolló un arma síquica que podía hacer retroceder la evolución cerebral. Era una guerra de todos contra todos, y esta arma podía destruir al resto de las especies. Un grupo de la gente de la Especie, y tenías razón, eran blancos, se embarcaron en una nave con este dispositivo. El plan original era encontrar un planeta deshabitado, colonizarlo, y aplicar el arma síquica al resto de la Galaxia. Así que la primera ola de colonizadores encontró un planeta que servía para sus propósitos. Era el tercer planeta de una estrella que ahora llamamos Sol. Se trajeron con ellos el dispositivo, dispuestos a convertir casi en imbéciles al resto de las especies. Sin embargo, la Federación se enteró de todo esto, y sabiendo que iba a ser imposible salvar a toda la población de la Galaxia, embarcó en una nave a dos parejas de cada especie – es curioso que cada civilización recuerde ese hecho de formas distintas, tanto nosotros como los gigantes, por ejemplo “El arca de Noé” – y buscó un lugar donde estas especies pudieran estar seguras. El único planeta en que sabían que no se iba a aplicar el artefacto era la propia Tierra. El Arca bajó aquí, dejando las especies que traía, sin que nuestra Especie se enterara. Nuestros antepasados remotos imbecilizaron a toda la Galaxia, menos a la Tierra, pero cuando descubrieron que aquí mismo había ejemplares de todas las otras razas, los imbecilizaron. La Especie subsistió, pero aproximadamente mil años después, por algo que en los documentos está indicado como “una gran catástrofe”, la propia Especie resultó imbecilizada.

– ¿Nosotros?

– Sí, nosotros. Todo esto que le cuento está documentado en grandes archivos que están custodiados en la Bóveda. Así que nuestra especie está por debajo de su rendimiento real, y los gigantes están mentalmente mil años más atrás que nosotros – esto sucede porque pese a haber sido imbecilizados antes, fueron imbecilizados mas “fuerte”, o algo así; yo no lo sé explicar. – Según los cálculos de nuestros expertos, en un plazo muy corto, tal vez diez años, llegaremos al grado de evolución que nos permitirá deshacernos de los gigantes y tener la Tierra para nosotros otra vez. Incluso podremos recolonizar toda la galaxia con nuestra Especie.

Myxat estaba llegando a la salida de la casa. A lo lejos oyó las pisadas de uno de los Gigantes. Era curioso, pero luego de toda la historia contada por Torfjod, los veía de forma distinta, casi como a hermanos. Ambas especies, las dos H, como solía llamárselas, tenían un pasado en común, y en ambas este pasado hubiera sido considerado poco más que una leyenda descabellada. Sabiendo que era posible que en una década los Gigantes no existieran, casi les tuvo lástima. Las dos H. Una de las cuales destruiría a la otra. Toda una cultura, toda una civilización, toda una tradición, toda una pérdida.

– ¿Cómo se sentirían si supieran que en una década, el año 2005 para ellos, ya no existirán? ¿Realmente será necesario destruir a esos tontos gigantes bípedos que apenas van por el año 1995, que se llaman a si mismos la Humanidad? – se preguntó Myxat mientras salía del hormiguero.