Inmortal

© Gabriel Gambetta 16/8/99

Todo empezó cuando el hombre tenía entre veinte y veinticinco años, una edad respetable en Atenas, doscientos años antes de Cristo. No era nadie especial, y aún mucho tiempo después nunca logró explicarse lo que había sucedido.

En un instante nada, en el siguiente había otra consciencia en su mente. Podía pedir lo que quisiera. Quería vivir para siempre. Concedido. Y la otra consciencia ya no estaba.

Durante varios días estuvo extrañado por esos escasos instantes que había vivido (de lo que no estaba seguro, por cierto). Poco después terminó por olvidarlo.

Sin embargo, con el correr de los años, fue notando que la mayoría de la gente que conocía envejecía y moría, mientras él parecía seguir teniendo entre veinte y veinticinco años. Cuando sus nietos muerieron, no pudo evitar recordar aquel extraño incidente.

En su momento, su idea de vivir “para siempre” había sido “alrededor de cincuenta años”. Ya tenía más que eso, aunque no sabía con exactitud cuánto. Comenzó a vivir teniendo presente aquello de “vivir para siempre”; supuso que no podría morir de forma natural, pero no se atrevió a experimentar demasiado consigo mismo.

Mucho después, alrededor de ciento cincuenta años más tarde, volvió a picarle la curiosidad en cuanto a la naturaleza de su inmortalidad. En las últimas décadas había descubierto el placer de conocer nuevas culturas; y como tenía tiempo, ya había conocido todo el mundo : el lugar donde había nacido, unos lugares fríos al norte, una interesante cultura en los márgenes de un río un poco al sur, y otros pueblos cercanos. Una terrible tempestad hizo naufragar el barco en que se encontraba, y durante muchos minutos estuvo bajo la superficie del mar; pero finalmente salió. Así supo que podía vivir bajo el agua (aún faltaban muchos siglos para que supiera que podía vivir sin oxígeno).

De alguna forma llegó a la costa, y se estableció. La experiencia del naufragio le había resultado aterradora y ya no quería recorrer el mundo. Durante unas décadas llevó una vida bastante pacífica en algún pueblito costero cuyo nombre no recordaba. Pero más tarde volvió el interés por conocer cosas nuevas, así que nuevamente se dedicó a viajar de pueblo en pueblo, hasta que llegó a un lugar donde la mayor parte de la gente tenía los ojos curiosamente alargados. El lugar le resultó agradable y se quedó.

Durante los años en que permaneció en el oriente, aprendió muchas cosas interesantes; se convirtió en un hombre culto, un pensador. Con casi seiscientos años de experiencia acumulada, era una persona muy, muy sabia. Dedicó una de esas décadas a estudiarse; por más que lo intentó, no logró terminar consigo mismo. Por lo tanto, terminó aceptando su inmortalidad como un hecho. Tampoco necesitaba comer, aunque cada tanto lo hacía por placer; además no pasaba un par de siglos sin que apareciera un sabor nuevo.

Inevitablemente, terminó por aburrirse de China, y de nuevo vagó por el mundo. Esta vez terminó por establecerse en un lugar conocido como Reino de Castilla. Castilla realmente le agradó, por lo que pasó mucho tiempo en ese lugar. Sin embargo, los habitantes (que ahora se llamaban Españoles) veían con creciente sospecha su inmortalidad. Nunca en sus mil seiscientos años la había ocultado, pero tampoco lo habían quemado; la Inquisición lo hizo dos veces, e igual que en muchas otras ocasiones, la experiencia de aquello que a la gente normal le causaría la muerte, no le resultó nada agradable. Comprendió que no podía quedarse más en la zona, al menos hasta que se calmaran los ánimos. Escuchó que se había encontrado una nueva ruta a las Indias; había pasado bastante bien allí, por lo que decidió volver.

Encontró a las Indias bastante cambiadas; ni siquiera parecían el mismo lugar, pero lo atribuyó a su larga ausencia. Mucho más tarde sabría que estaba en un nuevo continente, que se llamó América durante varios siglos.

Curiosamente, pasó la década del 1900 bastante triste y deprimido. Por primera vez en más de dos mil años, sintió ganas de pertenecer a algún lugar; visitó Grecia, vió ruinas de edificios que había visto construír, pero nada le resultó convincente; acabó por definirse como ciudadano de la Tierra. En su impotencia, estudió historia durante un buen tiempo, hasta que pudo fijar su fecha de nacimiento con razonable precisión, en el año 183 AC. En 2017, festejó su cumpleaños número 2200 solo; la costumbre de pasar desapercibido le había quedado de la época de la inquisición, aunque ya no lo perseguían.

A esa altura de su vida, no quedaban muchas cosas que le llamaran la atención. Cada dos o tres siglos organizaba una guerra para romper la rutina; y no se lo podía culpar : para una persona de casi 3000 años, que alguien muriera a los 40 o a los 90 daba más o menos lo mismo, de la misma forma que mucha gente puede destruír un hormiguero para preservar una planta por motivos estéticos; había visto morir miles de personas, entre ellos casi todos los amigos que había conocido hacía más de un siglo, por más que intentara impedirlo; y había llegado a la conclusión de que la muerte (ajena) era algo inevitable. Además, hacía ya mucho tiempo que había dejado de considerarse un ser humano, aunque sus congéneres lo identificaran perfectamente como un joven de veintitrés años curiosamente maduro y sabio.

Alrededor del 3200 quiso algo que nunca antes le había atraído : poder. Muchas décadas más tarde logró establecerse a sí mismo como dirigente de toda la humanidad, que se extendía por todo el sistema solar. Ostentó el poder absoluto durante un par de siglos; pero terminó por aburrirse, como le había pasado con cuanta cosa había hecho.

Más o menos por esa época perdió la cuenta de su edad, en parte porque el tiempo pasó a contarse de una manera distinta a cómo se había hecho en los tres mil años anteriores. En ese entonces se estaban investigando a fondo las singularidades del espacio-tiempo; como no tenía nada que perder, se ofreció voluntario para entrar a un túnel de gusano. Salió unos mil quinientos años antes; nadie supo de dónde había salido, y él no lo dijo. Volvió a vivir esos mil quinientos años de forma distinta, por el placer de observar las diferencias; esta vez llevó una vida de perfil bajo. Y le sorprendió que pese a todo, la historia no había sido demasiado distinta.

La humanidad terminó por descubrir nuevas formas de transporte, y no pasaron diez milenios antes que toda la galaxia fuera habitada. Aparentemente, los humanos eran los únicos seres inteligentes. Mucho tiempo después, se establecieron los primeros contactos con inteligencias provenientes de otras galaxias; por ese entonces, el hombre ya no se sentía  humano en lo más mínimo, por lo que no le importó demasiado cuando se extinguieron. Hacía milenios que había aprendido a vivir solo, sin más que una muy leve nostalgia. Ya no recordaba cuál era su estrella natal.

Finalmente tomó una decisión que venía considerando desde mucho tiempo atrás. Se deshizo de su cuerpo. Pasó a existir solamente como una consciencia. Su percepción del tiempo había cambiado bastante; una espera de un millón de años le causaba apenas una leve impaciencia. Ya casi nada lograba su atención; sólo le divertía observar algunos fenómenos de escala astronómica, como ver una estrella convertirse en nova, o la formación de una nueva galaxia. Pero luego de ver veinte o treinta, llegó a la conclusión de que era siempre igual, y también dejó de interesarle.

Entonces se dedicó a pensar. Nada más que pensar. Y con el correr del tiempo, llegó a saberlo todo, entenderlo todo. El universo infinito era su ostra.

En un instante, volvió a percibir algo cuyo recuerdo se perdía en el lejano y oscuro pasado. Su consciencia no estaba sola. Podía pedir lo que quisiera.

Había estado esperando ese momento durante incontables millones de años, sin estar convencido de que efectivamente sucedería. En un último acto de voluntad, quiso lo único que no había tenido, aquello que no se negaba a absolutamente ninguna cosa en todo el universo, excepto a él.

Concedido.

Y dejó de ser.