El Cuadro

© Gabriel Gambetta 1996

And as the darkness comes

I start to see a picture

of  a lonely man so clearly now

reaching out  for me

“Edge of Heaven”, Ace Of Base

Pájaros.

Pájaros cantando. Poco a poco, el hombre tomó conciencia de que oía cantos de pájaro. Fue abriendo los ojos, al mismo tiempo que soltaba un gruñido.

La luz del sol se filtraba a través de las persianas. Luego de despejarse un poco, el hombre se levantó y abrió las ventanas, viendo el enorme jardín de su casa. Era soltero, no tenía hijos, y a sus cincuenta y tres años tenía una excelente posición económica.

Recorrió un pasillo, abrió la puerta de roble hacia el líving, y entonces quedó paralizado.

La silueta del caballete, en medio de la habitación, se recortaba nítidamente contra el sol que entraba por el enorme ventanal. Era un caballete que no tenía nada de extraordinario, excepto que no era suyo, y que nunca lo había visto. Simplemente había aparecido de la noche a la mañana.

Se sentó en un sillón que estaba entre el ventanal y el caballete, y lo observó. Tenía una hoja de papel blanco. Estaba completamente vacía.

¡No! No completamente. Había algo escrito en el ángulo inferior derecho. Se acercó. Era una etiqueta que decía “Rivera 3934/503”.

Decidió que más tarde, u otro día, iría a ese lugar a ver quién le había mandado el caballete. Por lo pronto, se limitó a ir a la cocina y servirse un vaso de jugo de naranja. Luego volvió a su sillón, y contempló el cuadro vacío por largo rato.

La película terminó hacia las dos y media de la mañana. El hombre, luego de apagar el televisor, fue hacia la cocina, donde tomaría un whisky y luego se iría a dormir, como hacía siempre. Pasó frente al caballete. El cuadro seguía exactamente como antes.

Ya estaba llegando a la puerta de la cocina, cuando se dio cuenta de que no estaba exactamente como lo había dejado. Corrió hacia atrás.

La hoja ya no estaba en blanco; tenía un tono marrón muy difuso, parecido al de la madera de las paredes del líving. Mientras lo observaba, una gran zona rectangular que ocupaba el centro del cuadro se oscureció, lenta pero perceptiblemente, hasta quedar negra. Todavía no lo podía creer, cuando además fue apareciendo una mancha rosada apoyada contra el borde inferior de la hoja.

Ahora su asombro era indecible. Mañana mismo, decidió, iría a la dirección que indicaba la etiqueta del cuadro a ver qué significaba esa broma extraña.

Al otro día se despertó a las tres de la tarde. Había tenido una pesadilla, pero no la recordaba. No le dio mucha importancia; tal vez sólo fuera el calor.

Luego de “desayunar” agarró las llaves del auto, dispuesto a ir a Rivera 3934. El 503 debía ser el número de apartamento; él odiaba los edificios. Pasó frente al cuadro, caminó dos pasos más y se frenó en seco.

Las manchas ya no eran manchas : el color marrón parecido a la madera de su líving, era la madera de su líving. La mancha rosada comenzaba a parecerse a un óvalo. El rectángulo negro se había transformado en una imagen del ventanal, donde se adivinaba una sombra que aún era muy tenue como para tener forma.

Así que además de ser un cuadro que se pintaba solo, era una vista de su casa. Dio media vuelta, y vio el verdadero ventanal.

Sólo sus bordes estaban nítidos, sin embargo había que reconocer que el cuadro parecía una foto. Era exactamente igual al ventanal real. Decidió que no podía perder ni un minuto más.

Arrancó el auto, y tomó Rivera. Controló la numeración. Cuando iba por el 3600, algo empezó a agitarse en su subconsciente. Fue disminuyendo la velocidad. 3750. No, no podía ser. 3850. El corazón le latía rapidamente.

Finalmente llegó al 3934, y quedó sin aliento.

En Rivera 3934 no había ningún edificio, como había supuesto. En cambio, había un gran parque. El problema residía en que no era cualquier parque.

El 3934 era el Cementerio del Buceo.

¿Qué clase de broma era esa? ¿Y qué quería decir apartamento 503? Podía ser el número de una lápida; quizá alguien quería encontrarse con él ahí. Qué mal gusto.

Llegó a la 503. No había nadie cerca. Fueron pasando los minutos; al cabo de un rato, se puso a mirar la tumba. Con un sobresalto, notó que tenía la fecha del día siguiente. Siguió leyendo.

Se le paralizó el corazón. Tenía escrito el nombre de alguien que conocía.

Era su propio nombre.

Casi chocó contra el portón de su casa. Estacionó rápidamente y entró corriendo.

Eran las seis y media, y estaba decidido a llamar a la policía a ver quién era el responsable de la broma. Sin embargo, no pudo resistirse a ir a ver el cuadro; ejercía sobre él una atracción casi magnética. Se sentó en el sillón, de espaldas al ventanal, y lo contempló detenidamente, casi hipnotizado.

Ahora se veía más nítido, aunque el centro aún seguía borroso. Era una imagen de su ventanal tomada desde el cuadro, como si estuviera mirando un espejo. A través del vidrio se veía una noche lluviosa.

Comenzó a anochecer. Casi simultáneamente, las manchas comenzaron a tomar forma : el ventanal estaba roto. No; estaba rompiéndose. Se veían pedazos de vidrio todavía en el aire. La sombra oscura seguía siendo una sombra oscura, pero ahora tenía forma vagamente humana. Estaba atravesando de un salto la ventana. El óvalo rosado era ahora una cara mirando de frente, pero muy borrosa como para reconocerla.

Ya había pasado la medianoche, y el cuadro seguía ganando nitidez cada vez a mayor velocidad. Comenzó a llover, pero el hombre estaba demasiado concentrado como para darse cuenta. La mancha humanoide ahora era, sin dudas, humana. En una mano tenía un largo cuchillo que hizo que el hombre se estremeciera.

Ahora quedaban sólo dos detalles borrosos : la cara grande en primer plano, y la cara del hombre del cuchillo largo. Observó la segunda, que se aclaraba cada vez más.

Y en ese instante, un instante de súbito horror, comprendió que la cara del hombre del cuchillo era la cara de la Muerte.

Luego todo sucedió al mismo tiempo. El ventanal a su espalda estalló. Bajó la vista hacia la cara en primer plano. O, mas exactamente, lo intentó. Aunque ya no tenía dudas de quién era, nunca llegó a verla, porque algo de metal, muy frío, muy largo, se clavó en su nuca, y  luego se hizo la oscuridad.