Dime la Verdad

© Gabriel Gambetta 1996

Me pregunto mil veces / quien gobierna mi vida

Quién dirige mi mente / junto a la de los demás

Hay poderes en las sombras / juegan con mi voluntad

Una máquina los nombra / para podernos controlar

Somos unas marionetas / otros mueven los hilos

No se quitan las caretas / no sabemos cómo son

Utilizan las palabras / solo para confundir

Yo no sé si la esperanza / conseguirá sobrevivir

“Dime la verdad”, Marta Sánchez

La hora del café era la única, desde las once y media de la mañana hasta las once y media de la noche, en que no se trabajaba en el laboratorio. Los científicos estaban en un régimen full-time muy sacrificado, aunque elegido por sus propias voluntades. Lógicamente, siempre llegaban a la cafetería, en el segundo piso, con mucha ansiedad.

Pierre D’André y Diego Urquiza se sentaron, como todas las tardes, en la misma mesa. Nada parecía distinto, porque en realidad nada era diferente en esa misma mesa a esa misma hora durante aquellos últimos años. Sin embargo, lo que comenzó siendo una charla intrascendente terminó alterando la existencia de la humanidad. En realidad, terminó alterando la existencia de la existencia.

El francés estaba comiendo – mas exactamente, devorando – un croissant. Comentó que los croissants de otras partes de Francia eran más suaves; el Instituto estaba en el norte, cerca de París. La diferencia entre los croissants de la cafetería y los del sureño pueblo natal de Pierre pasaba totalmente inadvertida para el uruguayo, pero asintió con un hum y un leve movimiento de cabeza.

Los temas irrelevantes se fueron terminando, y la conversación derivó, como siempre, en el trabajo. Los dos físicos trabajaban en la misma sección del enorme edificio del Instituto. Los diversos estudios que estaban efectuando actualmente podrían permitir la fabricación de un sintetizador de partículas, es decir, un dispositivo que produciría materia suministrándole energía. Las posibles aplicaciones eran muy variadas, aunque los problemas que traerían sus aplicaciones eran aún más variados. Por ejemplo, duplicando materia se puede duplicar una persona… Diego y Pierre habían hablado del asunto muchas veces, sin consecuencias. Esta vez no tuvo consecuencias… ni inmediatas, ni del tipo que un simple ser humano puede asimilar.

– Pierre – dijo el uruguayo – ¿Te pusiste a pensar realmente en los problemas de duplicar un cerebro? ¿Una persona entera?

Al francés le extrañó la pregunta. Claro que lo había pensado. Si había enormes tratados sobre el tema… filosóficos, no físicos, por supuesto. ¿Qué se traía Diego entre manos? Al no poder contestarse esa pregunta, Pierre optó por dar la respuesta estándar.

– Se generarían problemas de identidad, ya que tanto el original como el duplicado son la misma persona, y no hay ninguna diferencia a nivel molecular.

– Ya sé, ya sé – interrumpió el uruguayo – Eso dice en los libros. Pero ¿Vos lo pensaste realmente?

Pierre tuvo que admitir que no.

– Bueno, yo sí.

Ése fue el instante crucial. Se podría comparar con el instante en que una pequeñísima cantidad de electricidad llega a un detonador, y una bomba atómica hace desaparecer una ciudad entera. Con ésa afirmación de Diego, el destino del universo estaba irreversiblemente decidido.

Sin embargo, no hubo manifestaciones inmediatas de que nada hubiera pasado. La conversación continuó.

– Al duplicar una persona estamos eliminando la muerte. – dijo Diego.

– No, es ridículo.

– ¿Por qué?

– Cuando una persona muere, su alma…

– ¿Y dónde está el alma? – preguntó agresivamente Diego. Una vez más, Pierre no contestó. – Ninguno de los dos somos roboticistas, pero sabemos que si se lesiona una parte del cerebro, se puede grabar su contenido en un chip conectado a las neuronas sanas, y el contenido no se pierde. Vamos, esto se viene haciendo desde 2037, tenés que saberlo. – el francés asintió – La persona sigue siendo la misma.

– Bueno, depende de qué definamos como persona.

Diego ni siquiera vaciló.

– Para mí, la persona es el conjunto de información recibida durante toda su existencia, más determinados parámetros que regulan el comportamiento, las reacciones, y eso.

– Entonces, si se grabara todo el contenido del cerebro en un disco molecular ¿La persona seguiría viva luego de su muerte?

– No, claro. Yo no estoy discutiéndote eso – dijo Diego, gesticulando con la taza de café – Pero bueno, admitamos la existencia de algo que llamamos alma. ¿Se duplica, al duplicar el cerebro? ¿O es algo propio de cada ser, pero en un sentido no-físico? ¿Algo así como un dispositivo no-físico de control sobre un cuerpo físico? ¿Como los hilos que mueven un títere, hilos de los que ningún títere tiene consciencia? – Ahora Diego estaba parado, con las palmas de las manos apoyadas en la mesa, vociferando. Toda la cafetería lo observaba, pero él no parecía darse cuenta.

– No sé… ni quiero saberlo. – dijo Pierre cerrando lentamente los ojos y bajando la vista. Se puso las palmas de las manos en las sienes. Estaba experimentando esa sensación que se siente cuando uno intenta pensar en algo que no le es posible pensar; esa sensación de querer abarcar más de lo abarcable, una especie de sensación de miedo y de no querer conocer la verdad. Diego también lo experimentaba, pero necesitaba exteriorizar sus sentimientos.

– ¿Algo que unos seres que no son de este universo físico pueden manipular para dirigir seres físicos como nosotros a su gusto? – gritó, subiendo todavía más el tono – ¡¿Para sus fines?!

– No… no… – decía el otro científico, agarrándose la cabeza para no sentir ese intenso dolor; ese dolor mental, más penetrante que uno físico. Diego seguía vociferando.

– ¡Tenés que entenderlo! ¡Somos un experimento! ¡Nuestro universo es un tubo de ensayo! ¡Ellos son tan poderosos que pueden controlar nuestras mentes! ¡Ellos nos controlan! ¡Ellos nos implantan determinadas ideas para ver como reaccionamos! ¡Ellos! ¡Dios no es más que un simple investigador, atendiendo su probeta!

Aquello fue demasiado para Pierre. Agarró la bandeja de acero inoxidable con las dos manos, la elevó tirando todo lo que tenía encima, y la bajó trazando un arco que terminó sonoramente en la cabeza del uruguayo.

El desmayo no duró mucho. Cuando Diego despertó, los dos se pidieron disculpas mutuamente, él diciendo que estaba muy tenso, Pierre argumentando que había tenido un día muy difícil. Pero lo cierto es que nunca mas volvieron a mencionar el tema, como si nunca lo hubieran discutido.


Seres que existen en el frío vacío de la no-existencia. Entidades sin limite, en una no-existencia fuera del universo en la cual los conceptos de espacio y tiempo no tienen sentido. Entes que no son nada, simplemente son.

Uno de ellos tuvo consciencia – el término mas apropiado para referirse a lo que pasó – de lo que había sucedido en el Universo que tenía a su cargo. Siempre lo supo. El tiempo no existía; simplemente fue consciente.

Discutió, por decirlo de algún modo, con otro ente. Para la mente humana es imposible comprender, ni siquiera llegar a captar una ínfima parte de lo que sucedió. Traducido a conceptos manejables por nosotros, y con una pérdida infinita de riqueza comunicativa, el “diálogo” fue el siguiente:

– El Universo está en estado crítico – No hizo falta que especificara; el otro ente supo de cuál universo hablaba. – Algunos elementos están empezando a intuir nuestra existencia.

El otro ente se tomó un tiempo infinito y a la vez nulo para reflexionar. Contestó.

– ¿Qué sucede cuando el experimento sabe que es un experimento?

Otro intervalo infinito.

– No reacciona de acuerdo a lo que se espera. Las observaciones no son válidas.

– Y por lo tanto, no sirve para nuestros propósitos. Debe ser destruido.

El ente responsable de el Universo – Dios, como lo llamaban determinados seres de éste – lo contempló en toda su extensión espacio-temporal, que para él no era nada mas que algo estático, no hizo nada durante un período infinito de tiempo, y finalmente el Universo dejó de existir sin dejar rastro.